
Conté sin pestañear
los cuadros de tu camisa
imaginando el adorno
de la sala principal
de cualquier palacio árabe.
Tus palabras, un murmullo
erosionando mi fe
mientras el coche aportaba
su singular melodía
para abrazar voz y llanto.
Las razón, sombra nocturna
escondida en laberinto
con aromas de otros mundos
saboreando la menta.
Dejé que soñaras piel,
cedí a imaginar tu boca,
volé en tu blanca sonrisa
tomé tu tímido halago.
Y en frío cofre quedaron
embalsamadas quimeras
para regresar de nuevo
tu, con tu soledad
yo, con la mía.






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